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México sigue de pie, a pesar de todo

México sigue de pie fue el eslogan o grito de guerra en aquellos días devastadores de 1985. Faltaba poco para la fiesta mundial que coronaría a la Selección Argentina, pero aquel tremendo terremoto se había cobrado una cuota de destrucción y muerte sin parangón en la historia del país. El mundial peligraba y el orgullo mexicano estaba tocado. El olor a muerte, los desplazados, los sin techo, la destrucción edilicia marcaron a fuego a la nueva Tenochtitlan. Nacieron leyendas como la de los niños milagro rescatados después de varios días bajo lo escombros de un hospital, afloraron acusaciones de corrupción y desidia oficial y por muchas semanas se perdió la alegría que es marca registrada de los mexicanos. No mariachi, no parranda, mucho sacrificio y llanto y una actitud emergente, que en estos días a 32 años de aquella tragedia, se vuelve manifestar.

La solidaridad del pueblo mexicano, del común, del trabajador y el comerciante, del empleado de traje y el albañil o la vendedora de tortillas de la esquina. Todos parecen uno y forman ejércitos, que como hormigas, destazan el cemento y el escombro con palas, picos y con las manos, si hay guantes bien. y sino a mano pelada. Se trepan, sin medir el peligro sobre los restos de los edificios caídos y aplauden a rabiar cada vez que el esfuerzo es coronado con un salvamento. Guardan prudente silencio cuando se rescata una víctima fatal, pero no cesan, no paran, no descansan.

 

Así eran algunos edificios que cayeron en la Ciudad de México

El 19 de septiembre, a 32 años del gran sismo de 1985, la tierra tembló nuevamente, se llevó vidas y pertenencias, la historia volvió a repetirse justo ese día con pocas horas de diferencia. No hay mundial a la vista, no hay ningún evento que peligre. No interesa, los chilangos ( algo así como los porteños para nosotros) luchan a brazo partido para salvar una vida más, o para devolver el cuerpo de un muerto a sus deudos.

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Los terremotos, aunque parezca increíble, son parte de la vida diaria de los habitantes de este país, los mexicanos conviven con la certeza de que “uno grande está por venir” y hasta tienen un volcán de fuego ahí, cerquita, por si no alcanzara. Sin embargo logran pararse una y otra vez que los golpean, ni gobiernos, ni 100.000 muertos por el narcotráfico ni terremotos como este o el del 53 o del 85 logran frenarlos. Son más fuertes que la Torre Latinoamericana (edificio insigne de la ciudad), nada los pone de rodillas, seguirán buscando, excavando sin resuello, hasta el último aliento. Hay que recobrar la alegría rápidamente. Llorarán a sus muertos, reconstruirán sus hogares y se prepararán para el próximo, para el grande que está por venir. Pero de pie.

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