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Como transcurre la vida en un submarino

Vivir bajo el agua implica acostumbrarse a vivir en una situación de aislamiento absoluto. De incomunicación. Pero lo primordial, es no sufrir de claustrofobia“. La frase descriptiva pertenece a Carlos Zavalla, el hombre que comandó el primer viaje del submarino ARA San Juan, el mismo que hizo contacto por última vez el pasado miércoles en las aguas del Atlántico durante el trayecto que unió Alemania con Argentina en 1985.

Pasar largas horas debajo del agua obliga a los tripulantes de un submarino a convivir en espacios reducidos, con poco tiempo para el esparcimiento y con la extraña sensación de que en el exterior puede generarse un suceso histórico y ellos nunca lo sabrán. Luego, cuando vuelvan a sus casas, quizás deban enfrentarse a una realidad que no esperaban. A una muerte, al final de una relación, al recibimiento de un sobrino o al nuevo trabajo de un hijo. La vida sigue bajo el sol aunque en el fondo del mar parezca que el paso del tiempo es diferente.

El interior de un submarino

El interior de un submarino

El ex comandante Zavalla –en diálogo con Infobae– explica la situación a la que se enfrentan los marinos con seguridad de haber asumido el aislamiento durante largos años de navegación. “A la falta de comunicación se acostumbra uno y también la familia. Al estar bajo el agua, ignoras lo que pasa en el exterior”. Parece no haber sufrido la falta de comunicación. No reniega de las condiciones a las que se tuvo que enfrentar cuando decidió formar parte de las Fuerzas Armadas.

Hay que vivir sin intimidad, con tolerancia y en espacios muy reducidos donde todo el tiempo te cruzas con compañeros, le explicó a este medio el comandante del ARA San Juan. La paciencia debe ser una característica primordial de un marino que está dispuesto a formar parte de la tripulación de un submarino. Deben cultivar la moderación y la capacidad para lograr buenos vínculos con los colegas.

No sé como harán los jóvenes ahora. Ellos que tienen la ansiedad de la comunicación instantánea y la necesidad de escribirse por Whatsapp“, se pregunta Zavalla. La modernidad y la tecnología no contribuyen con la pasividad que debe tener una persona que vive bajo el mar y en unos pocos metros. Aún así, la preparación militar es tan estricta que puede generar nuevos hábitos que le den pelea a la hiperactividad de la última década.

La buena comida

Trabajar durante horas en el interior de la embarcación, moverse en pequeños ambientes, no ver la luz natural durante los días de inmersión y tener poco tiempo para la recreación, generan que la hora de la comida sea una de las más esperadas en los submarinos.

Comer un rico plato de ravioles, un guiso de lentejas o un pollo papas puede convertirse en el momento de mayor disfrute a 300 metros de profundidad. La hora del almuerzo o la cena es, ante todo, la oportunidad de combinar el disfrute que genera una comida elaborada con la distensión de una charla amistosa y banal.

“Los cocineros se esmeran por variar el menú. Son de las personas que más trabajan en el buque porque terminan con una comida y empiezan a preparar la otra”, recuerda Zavalla que, a sus 76 años y con el buque ARA San Juan desaparecido, logra ganarle a la angustia que le genera la falta del paradero del submarino con los gratos recuerdos de un pasado lejano.

La falta de espacio y la felicidad concentrada en la comida pueden generar un combo poco saludable. Así lo sugiere este ex comandante que durante su etapa de marino llegó a estar 120 días navegando en un año. “No hay lugar para hacer ejercicios. Ahí se complica la situación. A veces hay que cuidarse un poco con las comidas para no engordar demasiado”, afirma.

El perfil psicológico

Estar encerrado en un submarino, bajo el agua, con más de 30 personas y durante varios días, es una actividad poco habitual y difícil de cumplir para cualquier ser humano que esté acostumbrado a caminar por la calle todos los días de su vida.

La Marina tiene un gabinete psicológico que le hace un test a cada uno de los marinos antes de que formen parte de una tripulación de un submarino, asegura. No todos los marinos tienen la capacidad de estar en la profundidad del mar, encerrados y viviendo en espacios pequeños. Por eso la fuerza suele hacerles estudios previos que configuran el perfil de cada uno de los hombres y mujeres que están dispuestos a navegar bajo el agua.

El ex comandante recordó el momento en que encontró su ficha psicológica veinte años después de que se la habían hecho. “Me habían pintado de punta a punta. Tenían anotado como era yo y los rasgos que tenía y aún tengo”. Así expresó la importancia y precisión del test que llevan adelante los equipos de psicológicos de la Escuela Naval.

La vida pasa de una forma distinta en la oscuridad del mar. Los familiares siempre esperan. Los marinos atraviesan los días haciendo equilibrio entre la profesión y la realidad que dejaron de conocer cuando se cerró la puerta del submarino que decidieron abordar. Viven una vida distinta. Una vida donde hay que aprender a esperar.

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